lunes, 9 de febrero de 2015

Perdida (Gone Girl, 2014) de David Fincher

El día de su quinto aniversario de boda, Nick Dunne (Ben Affleck) informa que su esposa Amy (Rosamund Pike) ha desaparecido misteriosamente. Pero pronto la presión policial y mediática hace que el retrato de felicidad doméstica que ofrece Nick empiece a tambalearse. Además, su extraña conducta lo convierte en sospechoso, y todo el mundo comienza a preguntase si Nick mató a su esposa... Adaptación del best-seller "Perdida", de Gillian Flynn.


David Fincher es uno de los directores estadounidenses más interesantes de la actualidad, pero por desgracia nos encontramos ante una obra menor. Aún así Gone Girl es un película interesante y entretenida que cumple perfectamente con su cometido como thriller, pero no llega a destacar como otras obras del director si han hecho.

Durante los primeros minutos del film Fincher juega con la ambigüedad del personaje de Ben Affleck como posible asesino de su esposa. Ben cumple con su papel sin destacar demasiado, resulta soso como siempre, pero no es capaz de mantener esa ambigüedad, ya sea por una mala construcción del personaje o por una mala actuación.


Tras revelarse el secreto, la trama empieza a avanzar y a retorcer-se cada vez más llegando a un punto en que resulta inverosímil. Además, se produce algún fallo de guión bastante sonrojante (como que Nick encontrase una carta de Amy en la cocina tras un registro exhaustivo de la policía). Además, sus dos horas y media de duración resultan a todas luces excesivas. Aún así la película entretiene y mantiene el interés durante todo el metraje, aunque te ves forzado a mirar el reloj alguna vez.

Lo mejor de la película es, sin lugar a dudas, el personaje de Amy, con una interpretación enorme de Rosamund Pike. Destaca también en puesta en escena y banda sonora, aunque no consigue construir una atmósfera que eleve el interés de la película y mantenga la tensión. Junto con el personaje de Amy el que creo que es el punto mas fuerte del film es ese retrato de la caza de brujas de los medios contra Nick, un tema que siempre me entusiasma.


Con todo se trata de una obra interesante, entretenida y bien hecha.


7/10


sábado, 7 de febrero de 2015

Django desencadenado (Django Unchained, 2012) de Quentin Tarantino

En Texas, dos años antes de estallar la Guerra Civil Americana, King Schultz (Christoph Waltz), un cazarecompensas alemán que sigue la pista a unos asesinos para cobrar por sus cabezas, le promete al esclavo negro Django (Jamie Foxx) dejarlo en libertad si le ayuda a atraparlos. Él acepta, pues luego quiere ir a buscar a su esposa Broomhilda (Kerry Washington), esclava en una plantación del terrateniente Calvin Candie (Leonardo DiCaprio).


Tarantino es un cineasta que levanta pasiones y odios como pocos en el panorama internacional. Su peculiar gusto y estilo le han valido de todo tipo de calificativos desde alabanzas hasta insultos. De lo que no hay duda es que se trata de un cineasta personalísimo y talentoso como pocos. Django posee todas las características del cine tarantiniano: humor negro, violencia hiperestilizada, diálogos hilarantes y muy bien construidos, homenajes cinéfilos, etc. No me sitúo entre los admiradores de Tarantino, pero he de admitir que Django es una película enorme y un entretenimiento de primera.

Django empieza muy bien, con escenas divertidísimas y potentes que, a la vez sirven muy bien para definir a los dos personajes protagonistas, con un Waltz enorme que interpreta un personaje de los hilarante y curioso y que domina cualquier escena en la que este presenta (hasta que aparezca Leonardo DiCaprio con Calvin Candie). Me gustaría destacar la escena en que aparece el Klu Klux Klan, el asesinato del sheriff o la caza de los tres capataces criminales, esta última llena de una rabia, sed de venganza y una crueldad bastante lejana a la frivolidad con la que Tarantino suele tratar la violencia. Sorprende este trato más realista de la violencia que hace en ciertas escenas, sobretodo cuando esta se dirige hacia los esclavos, desvelando un evidente compromiso hacia la cuestión racial por parte del cineasta de Tennessee que se aprecia durante todo el film y que lo hace un poco más profundo de lo que a priori parece (aunque eso no signifique que destaque especialmente por ello).


Tras este primer acto se suceden varias secuencias con el aprendizaje de Django del oficio de cazarecompensas, resultando correctas y entretenidas, enlazando con el segundo acto, el central y más largo en el que la películas adquiere un ritmo más lento, aumenta la tensión y se nos presenta al enorme personaje de Calvin Candie y su criado negro y racista, interpretado por un enorme Samuel L. Jackson. Aquí es donde creo que retrata mejor el problema de la esclavitud mediante dos personajes arquetipo de susodicho conflicto, el terrateniente que justifica con argumentos absurdos y inconsistente el racismo, dado que le conviene, y el negro que acepta su condición de esclavo y se somete sin resistirse. En un duelo interpretativo verdaderamente memorable, reforzado con los diálogos hilarantes tarantinianos y esos personajes excéntricos tan atractivos forman un acto verdaderamente memorable.


Tras este maravilloso acto se sucede el acto final con un ritmo trepidante, lleno de violencia hiperestilizada y un tono satírico y negro divertidísimo, pero que desgraciadamente se ve interrumpido, rompiendo el rápido ritmo que llevaba a un clímax redondo. Esto evidencia la excesiva duración del film, al cual le sobran varios minutos y que el quitar esa “interrupción” del acto final en una secuencia anodina y excesivamente larga habría contribuido muchísimo a enderezar. Tras esta interrupción se continua con el baño de sangre rematando un final irregular con una suerte de parodia del “happy end” del western clásico.


Quisiera destacar también la puesta en escena, como siempre muy conseguida en el talentoso Tarantino, aunque falla con la banda sonora, más irregular de lo que nos tiene acostumbrados. En definitiva, toda una gozada y un divertimiento de primera.


8/10


viernes, 6 de febrero de 2015

El viento se levanta (Kaze tachinu, 2013) de Hayao Miyazaki

Jiro, que sueña con volar y diseñar hermosos aviones, se inspira en el famoso diseñador aeronáutico italiano Caproni. Corto de vista desde niño y por ello incapaz de volar, se une a la división aeronáutica de una compañía de ingeniería en 1927. Su genio pronto es reconocido y se convierte en uno de los más prestigiosos diseñadores aeronáuticos. Film biográfico que recrea hechos históricos que marcaron su vida, como el terremoto de Kanto de 1923, la Gran Depresión, la epidemia de tuberculosis y la entrada de Japón en la Segunda Guerra Mundial.


Cualquiera que conozca la obra de Hayao Miyazaki reconocerá en ella su pasión por la aviación, con Porco Rosso o Nausicaä del valle del viento como exponentes más evidentes. No es de extrañar pues que decide terminar su obra con un homenaje a uno de los ingenieros aeronáuticos más importantes de la historia, y probablemente el más importante de Japón.

El viento se levanta empieza con fuerza con una larga secuencia onírica en la que Miyazaki despliega todo su poderío visual. Durante todo el film aparecerán multitud de escenas oníricas, muchas veces combinadas con escenas reales, siendo estas secuencias las mas potentes de la película. Tras la introducción del personaje, su afición por la aviación y su admiración por el ingeniero aeronáutico italiano Caproni mediante el susodicho sueño, se produce una de las escenas más potentes del film, el terremoto de Kanto de 1923. Este prometedor inicio se diluye cuando observamos que pasa por el incidente de pies puntillas, sin profundizar en él, como ocurrirá con los diversos acontecimientos históricos que aparecen durante todo el metraje, que llega hasta la entrada de Japón en la Segunda Guerra Mundial.


A partir de este momento y hasta el final la trama avanza de forma irregular, resultando incluso excesivamente larga, aunque solo dure dos horas. Esta falta de ritmo no llega a ser un problema importante, pero se ve agravado por un final abrupto. Además, aunque se trata de una película dirigida a público adulto, utiliza un humor y unos diálogos bastante infantiles. Cabe decir que no esta dirigida ni a adultos ni a niños, sino más bien a adultos que no quieren crecer. Aún así, la película sale airosa gracias a sus portentosas escenas oníricas y su poderío visual, que reluce en todas las escenas del film.


En cuanto al discurso del film, Miyazaki recurre al ya manido tema de la persecución de los sueños, tema obvio y casi obligado dada la trama del film, pero que refuerza el infantilismo del que hace gala. Además, no profundiza en los hechos históricos ni tampoco en la ética del diseño de cazas para la guerra o la entrada de Japón en una guerra a todas luces inútil. El mensaje pacifista en el que Miyazaki se suele atener resulta ambiguo.


Con todo, El viento se levanta resulta inspiradora y llega a emocionar, sobretodo gracias a la trama secundaria de Jiro y su mujer enferma (que no ocurrió en la vida real), que aunque resulta un poco forzada y melodramática, a mi no me llegó a molestar, de hecho me gusto bastante y creo que su ausencia habría propiciado un film frio y distante. Entre la mediocridad y la genialidad Miyazaki nos ha regalado un film interesante, entretenido, visualmente potente pero irregular.


7/10


jueves, 5 de febrero de 2015

Ida (ídem, 2014) de Pawel Pawlikowski

Polonia, 1960. Ida, una joven novicia que está a punto de hacerse monja, descubre un oscuro secreto de familia que data de la terrible época de la ocupación nazi.


Con Ida Pawel Pawlikowski filma una película sobre el choque con la vida real, la pérdida de la inocencia, el reencuentro con los propios orígenes, el enfrentamiento entre la vida dedicada a la religión y los placeres de la libertad y la definición de la identidad. Todo ello es tratado con una trama sencilla, corta y con un ritmo pausado pero fluido.

Una enorme Agata Kulesza pone el acento dramático mediante su trama secundaria, que enriquece la trama mediante la búsqueda de sus orígenes, mucho más impactante para ella que conoció a sus familiares, mientras que Ida solo siente frialdad y lejanía hacia aquellos familiares que sólo lo son de apellido y que ni conoce ni conocerá jamás.


El segundo acto del film, tras la presentación de las dos protagonistas, es el más largo por diferencia y nos introduce sutilmente a las perturbaciones existencialistas de Ida, que evoluciona más lentamente que su tía, la cual marcará el clímax del segundo acto y inicio del tercero, protagonizado en su totalidad por Ida. Tras el potente golpe de efecto que finaliza el segundo acto se inicia un tercero que expone el resultado de todo éste viaje sobre las convicciones y la personalidad de Ida, construyendo una recta final con una carga dramática potente aún con su ritmo pausado, finalizando el film de forma redonda.


La trama se encuentra muy bien hilada y consigue exponer de forma sutil pero clara todos los temas que pretende abarcar, aunque se echa de menos algo más de profundidad. Lejos de lo que pueda parecer por su estética y aparente profundidad, no se trata de un Bergman o un Tarkovski, pero aun así esta por encima de la gran mayoría de obras que se han estrenado durante estos últimos años.

Ida posee una fotografía exquisita, situando el punto de interés casi siempre en un extremo inferior. Resulta curioso constatar el parecido de la trama de Ida con Viridiana, aunque ésta no se preocupe por criticar la iglesia o la religión, tema ya muy manido y al que ya poco se puede aportar.


Ida es un película profunda, muy bien hilada, narrada y fotografiada. En definitiva, toda una joya de nuestro tiempo.


9/10


martes, 3 de febrero de 2015

La isla mínima (ídem, 2014) de Alberto Rodríguez

España, a comienzos de los años 80. Dos policías, ideológicamente opuestos, son enviados desde Madrid a un remoto pueblo del sur, situado en las marismas del Guadalquivir, para investigar la desaparición de dos chicas adolescentes. En una comunidad anclada en el pasado, tendrán que enfrentarse a un feroz asesino.


El año pasado Alberto Rodríguez nos dejó una verdadera joya del cine patrio. El director andaluz no se queda sólo con esos perturbadores crímenes, envueltos en una perturbación sexual, sino que va más allá filmando un fiel retrato de la convulsa España de la transición, con esas dos Españas en continuo contacto mediante los dos policías protagonistas. Éste obvio interés por la España del momento le da una doble lectura a la película, una, la más convencional, como un “simple” thriller situado en la transición, o dos, como un relato sobre aquello que se tuvo que sacrificar en la transición: la justicia sobre los crímenes del franquismo.


Sea cual sea la verdadera lectura, si algo así se pude afirmar, lo cierto es que se trata de una gran obra. Rodríguez mantiene el interés y hace avanzar la trama con fluidez y un pulso narrativo envidiable. Consigue una atmósfera opresiva y asfixiante mediante una fotografía sofocante, dándole un papel protagónico a las marismas del Guadalquivir y utilizando más sus sonidos que la música. Un trabajo maravilloso que casa a la perfección con el turbio relato que nos cuenta.

Ambos protagonistas hacen un trabajo espectacular interpretando a dos personajes llenos de claroscuros, compañeros y rivales a la vez, que contribuyen a transmitir esa tensión que reinaba en la España de la transición. En el turbio pasado del policía interpretado por Javier Gutiérrez, cercano al régimen franquista, es donde se encuentra la raíz de la lectura política del film. Sus métodos retratan muy bien su pasado, pero mientras el metraje avanza y la trama se tensa, los métodos de su joven compañero cada vez se parecen más a los suyos, desdibujando la delgada línea de la ética policial.


Rodríguez remata la película con un potente clímax y un final amargo que encajan muy bien con la trama y el trasfondo político del film. Una verdadera joya, entre notable y muy buena.

8/10



lunes, 2 de febrero de 2015

Tres hombres malos (Three Bad Men, 1926) de John Ford

Tres forajidos ayudarán a una joven cuyo padre acaba de ser asesinada. Una banda de malhechores y un sheriff corrupto completan el bando de los auténticos y verdaderos hombres malos.


John Ford, el gran maestro del western clásico, empezó sus andanzas en el viejo cine mudo, época de la cual pocas películas se conservan y las que se conservan permanecen desconocidas para el gran público. Sus dos obras más conocidas de la etapa muda son El caballo de hierro y la que nos ocupa, Tres hombres malos, ambas en el podio de los mejores westerns mudos.

En sus primeros trabajos ya podemos reconocer el discreto lirismo que caracteriza las películas de Ford, dejándonos varios fotogramas para el recuerdo. Especialmente bellas resultan las escenas que captan las espectaculares colas de caravanas, símbolo de pioneros y héroes colonos. Sorprende, además, la certeza de que Tres hombres malos constituye una temprana deconstrucción del western.


La propia trama se asienta sobre la inversión de los valores bueno/malo, siendo esta vez los bandidos los buenos y el sheriff el malo. Es verdad que se trata de una película tremendamente maniquea, pero matiza la realidad ya vista invirtiendo los roles de los personajes. Además, aunque la protagonista femenina tiene el rol de mujer objeto, ésta tiene un carácter mucho mas fuerte que las otras mujeres del cine western y se le da un papel mucho más importante en la trama que a su flamante esposo.

Ford, alejándose aún más del western clásico, filma escenas de una violencia y crudeza pocas veces vista en el cine puritano norteamericano. La más destacada: el incendio provocado de un iglesia con decenas de mujeres y niños en su interior. Ford consigue adaptar al celuloide el lado oscuro del Oeste americano, con su violencia, avaricia y ambición desmedidas, pero también construye con gran eficacia un relato sobre esos héroes anónimos que con el tiempo se han convertido en mitos populares. Su tramo final, con una fluidez y un dramatismo extraordinarios, constituye una verdadera oda a esos mitos contemporáneos.


Se nota muchísimo que Ford era un autor de cine sonoro, dados los excesivos rótulos que pueblan el corto metraje. Aún así, la película fluye con naturalidad y mejora según avanza el metraje. Además, oscila con naturalidad entre el drama y el humor ligero propio del cine mudo. Se hecha en falta una mención a la cuestión de los indios norteamericanos, cuyas tierras son colonizadas con el beneplácito del gobierno en el tramo final de la obra. De todas formas, Ford lo compensa con una apología de la humildad, destacando la riqueza de la tierra más que la del oro, alejándose del viejo y corrupto discurso de la riqueza como bien más preciado y que la colonización y la fiebre del oro representaban tan bien.


8/10


domingo, 1 de febrero de 2015

Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2006) de Clint Eastwood

Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Rodada íntegramente en japonés, la película ofrece la versión nipona de la batalla de Iwo Jima, el episodio más cruento de la guerra del Pacífico, en el que murieron más de 20.000 japoneses y 7.000 estadounidenses. El objetivo de la batalla para los japoneses era conservar un islote insignificante, pero de gran valor estratégico, pues desde allí defendían la integridad de su territorio. El mismo año, Eastwood dirigió también ''Banderas de nuestros padres'', que narra la misma batalla desde el punto de vista norteamericano. La versión japonesa muestra cómo el general Tadamichi Kuribayashi (Ken Watanabe) organizó la resistencia a través de un sistema de túneles.


Eastwood en Cartas desde Iwo Jima cierra su díptico desmitificador de la II Guerra Mundial, ese desgraciado acontecimiento que ha servido durante años a muchos “artistas” estadounidenses para construir sus retratos propagandísticos y belicistas de la labor estadounidense en la guerra. Dada la enorme cantidad de cine bélico estadounidense exageradamente patriotero, como la sobrevalorada Salvar al soldado Ryan, resulta agradable encontrar un film con una mirada mucho mas sensata ante el susodicho acontecimiento.

Cartas desde Iwo Jima se aleja del estúpido maniqueísmo que caracteriza muchos films bélicos y presenta soldados humanizados, ni buenos ni malos ni héroes ni villanos, personas con una vida, un pasado y un presente, que se enfrenta a una muerte segura. El bando japonés queda representado con todos sus claroscuros: los comandantes retrógrados, la excesiva jerarquización y autoritarismo del ejército, pero también los comandantes comprensivos y próximos al soldado, las amistades de la guerra, la lucha por la familia, etc.


Tal vez uno de los mayores aciertos de Eastwood fue utilizar una fotografía oscura y situar la mayor parte de la acción en los túneles, dándole una atmósfera asfixiante y opresiva. Además, esto último combinado con la trama estructurada en torno a las cartas que los soldados escribieron a sus familiares, así como los flashbacks situados fuera de la guerra, tiñen la película de un dramatismo especial que no resulta nada artificial.


El mayor defecto de la obra son sus secuencias de acción que, aunque no son el epicentro de la obra, no están filmadas con la misma lucidez de otras películas bélicas de la misma época, como la ya mencionada Salvar al soldado Ryan o la excelente La delgada línea roja. El desembarco de Normandía de la primera o la batalla de la colina de la segunda son secuencias que se quedan en la retina, mientras en la obra de Eastwood ninguna batalla destaca especialmente. Esto lastra un poco la obra, aunque en ningún momento llegue a resultar molesto.


En definitiva, un película notable, emocionante y muy entretenida, aunque no resulte redonda del todo.

8/10