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domingo, 1 de marzo de 2015

La diligencia (Stagecoach, 1939) de John Ford

Personajes muy variopintos emprenden un largo, duro y peligroso viaje en diligencia a través de territorio apache. Entre ellos, un fuera de la ley en busca de venganza, una prostituta a la que han echado del pueblo, un jugador, un médico, la mujer embarazada de un militar, un sheriff. Las relaciones entre ellos serán difíciles y tensas.


Se dice que Stagecoach fue la película que rejuveneció el western en un momento en que había pasado de moda y que Orson Welles la vio muchísimas veces antes de filmar Citizen Kane. Con ella John Wayne se convirtió en una estrella. Se trata, de hecho, del primer gran clásico del western sonoro.


El elenco de personajes resulta ahora bastante tópico: la prostituta de buen corazón, el borracho entrañable, el delincuente honrado, el banquero malvado, el caballero pícaro, la dama, el sheriff justo y el bufón del grupo. Pero Ford define todos los objetivos de los personajes y los redime al final, cada uno con su final “perfecto”.

En el grupo de viajantes se forman dos subgrupos confrontados: los marginados, conformados por la prostituta, el doctor borracho y el delincuente; y los de clase alta, formados por el banquero, la dama y su caballero protector. La tensión intergrupal provocada por los prejuicios se ve agravada por el miedo a un inminente ataque de los apaches, que casi nunca vemos pero sabemos que están ahí. De esta forma John Ford construye una atmósfera tensa que recuerda más al western crepuscular que al más clásico.


La trama se va desarrollando en cada una de las sucesivas paradas, y se utilizan los viajes para perfilar a los personajes y sus relaciones. El grupo de marginados se redime demostrando su valía: el doctor ayuda a la dama a dar a luz y demuestra su capacidad como profesional, la prostituta ayuda sin descanso a cuidar de la recién nacida demostrando su bondad y el delincuente se enfrenta al peligro con más valor que nadie. Mientras, el otro subgrupo va abandonando sus prejuicios y demuestran su humanidad.

En la escena del ataque apache, muy bien rodada y especialmente trepidante, el caballero protector de la dama demuestra su valor defendiendo la diligencia hasta la muerte y demostrando su compasión en una escena en que está a punto de asesinar a la mujer para que no sea capturada. En ese momento Ford hace un interesante truco técnico solapando la música no diegética con la diegética para unir la banda sonora con las trompetas de los soldados que vienen en su ayuda y así sorprendernos al último momento. Mientras el caballero apunta a la mujer, se oyen las trompetas, creemos que es la música, hasta que el hombre tira el arma y la mujer grita: “¿Habéis oído eso?”.


El único personaje que no evoluciona es el banquero, personaje que peca de maniqueo y resulta excesivamente malvado. Al final es arrestado y puesto en prisión como justo castigo. No sólo ésta, todas las tramas acaban lo mejor posible: la dama se reencuentra con su marido, el joven fugitivo consigue su venganza y se casa con la prostituta y se van a vivir a su rancho al otro lado de la frontera. A esto contribuye el sheriff, que hace la vista gorda a favor de lo que cree justo más allá de las leyes del país.

En efecto, Stagecoach tiene uno de esos “happy end” a la americana. Peca de optimista y bienintencionada, pero en vez de resultar molesto se nos hace entrañable e inocente y nos da la sensación de que todo a quedado atado y bien atado.


En el apartado técnico destaca la fotografía, que utiliza por primera vez planos con mucha profundidad de plano, algo muy poco frecuente en ese entonce y que Welles aprovecharía y erigiría como una de sus señas de identidad.

En definitiva, un clásico muy entretenido, redondo y entrañable.


8/10


lunes, 2 de febrero de 2015

Tres hombres malos (Three Bad Men, 1926) de John Ford

Tres forajidos ayudarán a una joven cuyo padre acaba de ser asesinada. Una banda de malhechores y un sheriff corrupto completan el bando de los auténticos y verdaderos hombres malos.


John Ford, el gran maestro del western clásico, empezó sus andanzas en el viejo cine mudo, época de la cual pocas películas se conservan y las que se conservan permanecen desconocidas para el gran público. Sus dos obras más conocidas de la etapa muda son El caballo de hierro y la que nos ocupa, Tres hombres malos, ambas en el podio de los mejores westerns mudos.

En sus primeros trabajos ya podemos reconocer el discreto lirismo que caracteriza las películas de Ford, dejándonos varios fotogramas para el recuerdo. Especialmente bellas resultan las escenas que captan las espectaculares colas de caravanas, símbolo de pioneros y héroes colonos. Sorprende, además, la certeza de que Tres hombres malos constituye una temprana deconstrucción del western.


La propia trama se asienta sobre la inversión de los valores bueno/malo, siendo esta vez los bandidos los buenos y el sheriff el malo. Es verdad que se trata de una película tremendamente maniquea, pero matiza la realidad ya vista invirtiendo los roles de los personajes. Además, aunque la protagonista femenina tiene el rol de mujer objeto, ésta tiene un carácter mucho mas fuerte que las otras mujeres del cine western y se le da un papel mucho más importante en la trama que a su flamante esposo.

Ford, alejándose aún más del western clásico, filma escenas de una violencia y crudeza pocas veces vista en el cine puritano norteamericano. La más destacada: el incendio provocado de un iglesia con decenas de mujeres y niños en su interior. Ford consigue adaptar al celuloide el lado oscuro del Oeste americano, con su violencia, avaricia y ambición desmedidas, pero también construye con gran eficacia un relato sobre esos héroes anónimos que con el tiempo se han convertido en mitos populares. Su tramo final, con una fluidez y un dramatismo extraordinarios, constituye una verdadera oda a esos mitos contemporáneos.


Se nota muchísimo que Ford era un autor de cine sonoro, dados los excesivos rótulos que pueblan el corto metraje. Aún así, la película fluye con naturalidad y mejora según avanza el metraje. Además, oscila con naturalidad entre el drama y el humor ligero propio del cine mudo. Se hecha en falta una mención a la cuestión de los indios norteamericanos, cuyas tierras son colonizadas con el beneplácito del gobierno en el tramo final de la obra. De todas formas, Ford lo compensa con una apología de la humildad, destacando la riqueza de la tierra más que la del oro, alejándose del viejo y corrupto discurso de la riqueza como bien más preciado y que la colonización y la fiebre del oro representaban tan bien.


8/10