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lunes, 25 de mayo de 2015

El bosque del luto (Mogari no mori, 2007) de Naomi Kawase

Shigeki vive en una pequeña residencia de ancianos. Allí se siente a gusto y feliz con los demás residentes y con el personal que les atiende. Machiko, una trabajadora social que pertenece a dicho equipo, le presta especial atención, aunque en su interior le atormenta la pérdida de un hijo. Para celebrar el cumpleaños de Shigeki, Machiko decide llevarle a dar un paseo en coche por el campo. Pero el coche se queda parado en la cuneta. El anciano se interna con decisión en el bosque, y Machiko no tiene más remedio que acompañarle...


Kawase no propone un viaje espiritual en busca de la vida perdida: dos personajes que se sienten desconectado del mundo por el dolor, que no viven, sino que sobreviven, deciden plantar cara a su pasado y recuperar la paz interior y la a armonía con el mundo. Como les dice un monje al principio, la vida no solo es ser, sino sentir. Entonces empieza el viaje a través del bosque que sirve como metáfora de ese viaje espiritual.

Shigeki solo es capaz de lanzarse a ese viaje espiritual en compañía de alguien que, como él, esté sufriendo por su pasado y con quien haya establecido un lazo íntimo. Esa persona es Machiko, y ambos van a necesitarse para llegar hasta el final. Por el camino deben aprender a saborear la vida y el mundo, y la saborearán, como hacen con la sandía.


También tendrán que resistir fuerzas superiores que vienen del exterior que los frenarán y cortarán el paso (como la inundación). Necesitaran valentía y cooperación. Cada un tiene que cuidar del otro, y deben establecer un lazo íntimo que supere las líneas de los tabús y los convencionalismo sociales (como ocurre durante la noche). La excelente escena final constituye una metáfora que condensa toda la película: hace falta cavar en la tumba de nuestros muertos para escapar y recuperar la armonía con la vida y el mundo.
No es accidental el uso reiterado de la cámara en mano. Kawase pretende ponernos al lado de los protagonista, poner énfasis en la subjetividad de su mirada y hacernos seguir el camino como un caminante más. La fotografía es a ratos excelente, a ratos algo mareante. La banda sonora está llena de lirismo gracias al uso continuado de los sonidos de la naturaleza y su bella música que recuerda a la de las cajas de música, como la que suena al final.


Toda una experiencia, llena de sensibilidad y espiritualidad, pero que puede hacerse algo tediosa. La verdad es que gana muchísimo con el recuerdo. Una delicia.


9/10